SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, EN VOS CONFÍO


LA GRAN LECCIÓN DEL DIVINO MAESTRO
a la luz de San Francisco de Sales


"En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera»."
Mateo 11, 25-30

Las palabras que nos toca meditar hoy son la clave de toda la vida cristiana porque nos retratan de cuerpo entero el Corazón Sagrado del Divino Maestro:

«... aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón...»

La humildad y la mansedumbre, lo hemos escuchado muchas veces, son las virtudes preferidas de Jesucristo, pero no las conocemos del todo, por eso no las amamos y si no las apreciamos en su justo valor, difícilmente las practicaremos. Por ello hablaremos de ellas por separado, largo y tendido, como suele decirse.

LA MANSEDUMBRE nos ocupará el día de hoy.

San Pablo dice que la mansedumbre es uno de los frutos del Espíritu, es decir una de las perfecciones que el Espíritu Santo obra en nosotros como primicia de la gloria eterna. 

Los maestros del espíritu, como el R. P. Antonio Royo Marín, O. P. en su "Teología de la Perfección Cristiana", dicen que la mansedumbre es la virtud que modera la ira y sus efectos desordenados, por ejemplo, evitando todo movimiento de resentimiento por el comportamiento de otro, o moderando los arrebatos de cólera que se levantan impetuosamente por algún mal.

Con esta virtud se modera la ira o la furia, canalizando nuestras pasiones e impulsos, no para reprimirlos, sino para ejercitarnos según la recta razón, respondiendo con serenidad y suavidad ante lo que nos violenta o nos irrita.

Manso es el que logra interiormente la paz, el que no se irrita gratuitamente, el que se domina, que no se altera en forma desmedida ni se descontrola aunque le sobren motivos para hacerlo. 

La mansedumbre no significa debilidad, es la virtud de los fuertes que saben dominarse en aras de un bien mayor; lima las asperezas cotidianas y contribuye enormemente a la armonía y a la paz. Es la virtud de los pacíficos, que son valientes sin violencia, que son fuertes sin ser duros. 

La virtud es un hábito y los hábitos no se logran sino con actos frecuentemente reiterados. No es nada del otro mundo que alguien sea manso, sin que haya nada que lo irrite, ofenda o contradiga. La mansedumbre se gana con la lucha diaria contra uno mismo. 

A la mansedumbre y a la serenidad se oponen la ira o iracundia, el espíritu rebelde e indomable, el griterío, la blasfemia, la injuria y la riña, la violencia y la insubordinación.

Pensando en todas estas características de la mansedumbre, contemplemos al Hijo de Dios en su paso por la tierra y veamos cuántos motivos tenía para enojarse, airearse, violentarse con quienes le rodeaban... Y contigo, y conmigo, querido Hermano, el Señor ¿tendrá motivos para encender su ira?...

Y sin embargo, le vemos soportando, no como quien es pusilánime, sino con gran mansedumbre los defectos de sus próximos, incluyéndote e incluyéndome.

"Bienaventurados los mansos, porque ellos posseerán en herencia la tierra".

Nuestro Director Espiritual, el gran Obispo de Ginebra, San Francisco de Sales, desde muy joven comenzó a fraguarse en la mansedumbre, según el modelo del Corazón de Jesús.  Explicando está virtud, decía:

“No es extraño que un religioso sea manso y cometa pocas faltas cuando nada hay que pueda enojarle o probar su paciencia. Cuando me dicen: “He aquí un religioso santo, enseguida pregunto: ¿Ejerce algún cargo en la comunidad? Si me responden negativamente, poco admiro semejante santidad, pues hay gran diferencia entre la virtud de ese religioso y la del que haya sido probado, ora interiormente por tentaciones, ora exteriormente por las contradicciones que se le hacen aguantar. La virtud sólida no se adquiere nunca en tiempos de paz, mientras no hay contrariedad de las tentaciones”.

Y siguiendo la instrucción de San Agustín que afirmaba: "Ser manso y humilde es la mejor custodia de la caridad", recomendaba a una hija espiritual:

"Te recomiendo la mansa y sincera cortesía que, sin molestar a nadie, a todos obliga; que busca el amor con preferencia al honor; que no se divierte nunca a expensas de otra persona, ni zahiere, ni rechaza, ni es rechazada, a no ser alguna vez por excepción."

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