PREFIGURAS DEL AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS

     

ENCIENDE LOS FUEGOS APAGADOS

(Sexta parte)


Que los sentidos me ayuden:

Aparece inflamado el Sacratísimo Corazón de Jesús, para encender luego nuestros corazones en el fuego de la caridad hacia la Sagrada Eucaristía y hacia la Santísima Pasión.

Jesús habla y me dice...

He venido a arrojar el fuego a la tierra; y ¿cuál es mi deseo sino que arda? Lc. 12, 49.

 

Que el alma pida luz al Espíritu Santo:

Acerquémonos, dice Simón de Casia, al Corazón de Jesús, Corazón profundo, Corazón secreto, Corazón que todo lo sabe, y por la puerta que en Él abrió su amor, seamos hechos a lo menos, por la vehemencia de nuestro amor, Cordiformes. Así que, el que no entre, atribuirlo debe a su propia negligencia, cuando sabe que tiene la puerta franca. 

¿Qué queda, almas cristianas, sino convertir todos nuestros afectos a este Divinísimo y herido Corazón de Jesús, inflamado en llamas de perpetua caridad hacia nosotros? 

Imitemos a San Ignacio, Obispo de Antioquía y mártir gloriosísimo, que con toda su alma amaba al Sagrado Corazón y Nombre de Jesús, pues no acostumbraba llamarle de otra suerte que su amor.

El éxito vino a coronar las pruebas de amor a Jesús que atesoraba el mártir en su pecho. Cuando, como escogido trigo de Cristo, fue presentado a los dientes de las fieras para que lo molieran, y a feroces y hambrientos leones -como Él ardorosamente había deseado- fue por ellos devorado en el anfiteatro, habiendo éstos consumido hasta los huesos del esforzado confesor de la fe.

Quedó, sin embargo, intacto solamente su corazón, en el cual se halló grabado, con letras de oro, el Santísimo Nombre de Jesús. Es fama, asegura Nadasi, que una vez cortado en pequeñas partículas el corazón de San Ignacio, en cada una de ellas se encontró asimismo grabado, con áureos caracteres, el nombre de Jesús. 

¡Ojalá que nuestro corazón, con semejantes afectos de amor e inflamado por el fuego interior, se incline al Corazón Sacratísimo y Nombre de Jesús! ¡Oh buen Jesús! Verifica ahora en mí lo que en otro tiempo intimaste al Profeta Ezequiel: Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo en medio de vosotros; y quitaré de vuestra carne un corazón de piedra y os daré un corazón de carne. 

Mira que nuestro corazón es duro, y está arraigado en los vicios. ¡Ah! suavízalo con la sangre de tu Corazón Sacratísimo, para que te conozca, y para que en lo de adelante ya no busque otra cosa fuera de Ti. Nuestro corazón, ¡oh mi dulce Jesús! es de piedra; y nuestra voluntad, aunque libre, es refractaria a lo bueno y tiene hábitos viciosos. ¡Ah! danos un corazón de carne, dócil y flexible que en todo observe tus mandatos; y únicamente se deleite en Ti solo, que eres su Dios. Tibio y frío está nuestro corazón. ¡Ah! dígnate encender en él el fuego de tu caridad, para que arda, hasta consumirse, en amor a Ti. 

Finalmente: es inconstante; y semejante a la rueda de un molino, es continuamente agitado. ¡Ah mi amado Jesús! Dale fuerza, afírmalo con tu santísima gracia, hasta que por último, venciendo todas las dificultades de esta vida, repose eternamente en Ti.


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