AL REY QUE VIENE, AL SEÑOR QUE SE ACERCA... VENID, ADORÉMOSLE

ADVIENTO
PREPAREMOS EL TRONO DEL REY


He aquí nuestro Rey que viene, salgamos al encuentro de nuestro Salvador. 
He aquí que viene la verdadera luz. 


Nuestra Madre, la Santa Iglesia nos propone el ADVIENTO como un tiempo para meditar en las dos venidas de Jesucristo, con un doble objetivo: quiere que estemos penetrados y persuadidos de que, si sabemos aprovecharnos de la primera vez que el Señor caminó en esta tierra, no podrá menos de ser favorable la segunda venida. 

San Pablo nos hace una viva exhortación para que salgamos del sueño letárgico en que vivimos, y que nos aprovechemos de estos dias de salud, a fin de que no inutilicemos la primera venida del Salvador.


PRÁCTICA
Detente, querido Hermano Guardia de Honor, un momento para suspirar por la venida del Salvador y arrodíllate con devoción frente a la Imagen del Sagrado Corazón de nuestro Rey pidiéndole con fervor: 

¡Envía, oh Dios, al Cordero Divino, Señor de toda la tierra!
¡SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, VENGA A NOSOTROS TU REINO!



PRIMERA MEDITACIÓN: 
Todo el tiempo de la vida, tiene un número determinado de días que no se nos ha concedido para trabajar para el cielo, sin embargo, la vida de la mayor parte de los hombres no es otra cosa que un sueño profundo, durante el cual el alma se alimenta de mil fantasías quiméricas, vastos proyectos de ambición, fantasmas seductores de placeres; vanos, pero funestos triunfos de todas las pasiones; planes magníficos de fortuna; he aquí los sueños que no dejan de fatigar, pero que agradan.

Se cree uno poderoso, se cree feliz, se lisonjea de que es rico; pero el adormecimiento no es eterno. La muerte nos despierta. No se ve el dia hasta que se va a perder, y se encuentra uno con las manos vacías, cuando se imaginaba que era el mas rico. 

Grandes del mundo, dichosos del siglo, mujeres mundanas, ¡qué sorpresa, qué espanto, cuando os despertáreis en la hora de la muerte, y os dirá el soberano Juez: tiempo es ya de salir de ese adormecimiento, de ese sueño, de ese letargo. 

Se despierta entonces la fe, la razón, la conciencia: ¡oh buen Dios, qué bello punto de vista es el lecho de la muerte, desde el cual se presenta con toda claridad la vanidad de todo lo criado, de todo lo que deslumbra , de todo lo que pasa!

En el lecho de la muerte, los mas grandes principes, los señores mas poderosos, los que ocupan los primeros puestos, se encuentran al nivel del mas vil esclavo : ¿y qué es lo que queda en el sepulcro, de aquellos palacios magníficos, de aquellos soberbios equipajes, de aquellos tesoros acumulados con tantos afanes; qué queda de aquellos placeres tan buscados, de aquellas fiestas tan brillantes, de aquellos adornos tan ricos, de aquellos aires tan mundanos y tan joviales?

¡Qué espantoso, qué cruel es el no descubrir al tiempo de despertarse otra cosa mas que paños mortuorios, cenizas, sepulcro, una eternidad desgraciada! 

La salud está cerca, es decir, que llega el momento decisivo de la salvación eterna, que el esposo llama a la puerta, el padre de familias viene á pedir cuenta del empleo de los talentos confiados y escondidos, de este número de dias, de horas y de años cuasi del todo perdidos.

La salud está cerca: ¡ah! ¡nunca estuvo mas lejos de muchos esta salud eterna! Aprovechémonos del consejo del Apóstol. He aquí el tiempo mas á propósito de despertarnos y salir de la somnolencia en 
que estamos.

La Iglesia nos propone estas mismas palabras al principio del Adviento para despertar en nosotros el espíritu de piedad, al acercarse esta gran fiesta, que puede llamarse la fiesta de nuestra salud.

Mucho tiempo hace que Jesucristo ha nacido, sin embargo se nos representa como si cada año naciese y el mismo Apóstol nos instruye acerca de las disposiciones que debemos tener para que el divino Salvador que nace sea nuestra salud.

Dejemos, pues, por tanto las obras de las tinieblas, que son las obra del pecado. ¡Invistámonos de Jesucristo, copiemos en nosotros este divino modelo, expresando en nuestra conducta la pureza, la inocencia, la dulzura, la humildad , la sencillez, la caridad, la mortificación, la modestia, el desinterés y las demás virtudes de Jesucristo.

SEGUNDA MEDITACIÓN
Considera con que sabiduría la Iglesia nos presenta los dos advenimientos del Señor y cómo de ellos depende nuestra suerte eterna, y toda la economía de la salvación.

I.a cualidad de Salvador debe ponernos en estado de mirar con confianza la de soberano Juez, y la de Juez severo debe conducirnos a ponerlo todo por obra, para que nos sea útil y fructuosa la dulce cualidad de Salvador.

Este es el espíritu de la Iglesia cuando en los oficios nos presenta la imagen mas interesante y la mas consoladora del nacimiento del Salvador; para que comprendamos que todo lo que Jesucristo tiene de amable, dulce, afable y compasivo en el pesebre, tendrá de terrible, severo, inexorable y espantoso, cuando apareciere sobre las nubes lleno de poder y de majestad en el último juicio, y para hacernos ver
cuan justo es que sean rechazados por Jesucristo, soberano Juez, aquellos que no quisieron prepararse a
recibir a Jesucristo cuando nace como Salvador: 

¡qué sentimiento, qué despecho, qué rabia para los reprobos el pensar que este Juez entonces tan terrible, tan espantoso, tan severo, se había dignado hacerse niño por amor de ellos! 

que este Jesús se les había mostrado todos los años, naciendo en un establo, en el estado mas pobre y mas humillado; con qué bondad habían sido recibidos los pastores, los magos y todo género de personas. En efecto, ¿qué hay en este nacimiento , que no convide , que no obligue, que no gane el corazón , que no encante?

¡Qué agravio no le hacen aquellos que no hubieren querido prepararse a recibirle con ansia, con amor,
y con sentimientos de reconocimiento y de confianza!


TERCERA MEDITACIÓN
Considera que las disposiciones con que debemos recibir al Salvador que nace: la humildad no descendió jamás tan bajo; la mortificación no fué nunca tan lejos; ni en tiempo alguno fue tan perfecta la dulzura. En el tiempo en que todo el universo estaba en paz, durante el silencio mas profundo de la noche. ¡Qué recogimiento, qué espíritu de oración! pero ¡qué amor, qué fe, qué devoción, qué ternura en la Santísima Virgen y en san José, que fueron los primeros que le recibieron y le adoraron en el momento de su nacimiento! ¡Qué diligencia, qué fe, qué devoción en los pastores! Estas son las virtudes que se deben adquirir durante el tiempo santo del Adviento; en esto debemos ejercitarnos , si queremos hallamos con las santas disposiciones que se necesitan para hacer provechosa la celebridad del dia de su nacimiento.

El Adviento es un tiempo de retiro, de oración, de penitencia, es un tiempo de santidad. ¿A qué esperamos para aprovecharnos de unas lecciones tan saludables? ¿Será darnos demasiado pronto a Dios si comenzamos al presente? Tal vez es este el último Adviento que veremos; es seguro que lo será para un gran número de personas de las que habrán leído esta meditación, de las que habrán hecho estas reflexiones, de las que habrán sentido las amorosas, las ejecutivas solicitaciones de la gracia. ¡Qué desgracia para aquellos que hubiesen hecho infructuosa la fiesta de Navidad, por no haber querido pasar santamente el tiempo de Adviento!

No permitáis, Señor, que yo sea de este numero. Yo sé que es un tiempo de oración, un tiempo de penitencia, un tiempo de retiro y de recogimiento.

Estoy decididamente resuelto a pasarle en este espíritu. Os pido, pues, el auxilio de vuestra gracia para
hacer un buen uso de este santo tiempo.


PROPOSITO
El fin que la Iglesia se propuso al instituir el Adviento, fue honrar al Verbo encarnado en el seno de su Madre, y conformarse con sus disposiciones que son un profundo anonadamiento, una oblación continua a su Eterno Padre, un amor extremo a los hombres. 

Honremos este estado de anonadamiento del Verbo encarnado en el seno de su Madre, adorándole sin cesar en este estado de humillación; unámonos a los santos ángeles a quienes el Padre Eterno mandó que le adorasen desde el primer momento de su encarnación, hagamos frecuentes actos de humildad y de humillación durante el Adviento para honrar la humillación del Salvador del mundo. 

Ofrezcámonos continuamente a él por medio de actos frecuentes de consagración a su servicio; y no dejemos de hacer actos del amor mas puro, para corresponder al que él nos tiene. He aquí las disposiciones interiores que debemos tener.

Las disposiciones exteriores durante el Adviento son el ayuno, las penitencias, la oración, las buenas obras y todas las prácticas de piedad. Sobre todo, abstengámonos en este santo tiempo de toda diversión poco necesaria; empleemos todas las tardes una media hora en oración, de ser posible delante del Santísimo Sacramento, en donde está el Salvador en un estado de tanta humillación como en el de su encarnación y el de su nacimiento. 

Demos limosnas a los pobres en reconocimiento de todos los bienes que el Padre Eterno nos dá, dándonos a su Hijo.

Aunque la devoción a la santísima Virgen sea propia de todos los dias del año, la Iglesia nos la recomienda singularmente mientras dura el santo tiempo del Adviento.

Toda esta enseñanza, querido Guardia de Honor, es del R. P. Juan Croiset en su Año Cristiano y para acomodarnos a la tradición visitandina te propongo la jaculatoria del Adviento:


YO OS ADORO, DIVINO VERBO ENCARNADO,
POR MI AMOR ABATIDO Y HUMILLADO:
EN EL SENO DE MARÍA, EN EL PESEBRE DE BELÉN,
HASTA EL OPROBIO DE LA CRUZ 
Y EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DE VUESTRO AMOR.


 

Comentarios

Entradas populares